Inicio » ¡VENTILAR! HERENCIA SALUDABLE.
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Por la Psicologa Mirna Segovia.

Las sociedades y culturas han creado siempre formas de sostener los estados de salud. Prácticas ancestrales conjugan costumbres, valores, creencias y religión. Algunas de ellas perduran en la actualidad a nivel popular por considerarse eficaces para “remediar” o “preservar” de determinados padecimientos. Subsisten tan arraigadas al acontecer diario que solemos no considerarlas como un valioso legado cultural. .

Hoy me referiré a una de ellas, “reivindicada y destacada” por la medicina académica debido a su importancia para la salud a partir de la pandemia del covid: el hábito de ventilar.

“Ventilar los ambientes” nos decían insistentemente los agentes de salud como consigna primordial a cumplir. Se referían a practicarla en el ámbito del hogar, pero también en el laboral, hospitalario, educativos, etc.

Este mandato que “sonaba” a novedad no es nada más y nada menos que una práctica que como norma básica de higiene del hogar han llevado a cabo con empeño y cierto método nuestros padres y abuelos para benéfico de la salud y que muchos sostenían. Un hábito que en todo caso había que recordar y retomar.

Sí, con “empeño” y “cierto método”, porque ventilar no era solo abrir puertas y ventanas. Era un ritual; un complejo conjunto de comportamientos que seguía determinados patrones fundados en un saber práctico resolutivo.

Quizás lo recuerdes comenzando en las mañanas radiantes de sol, cuando el cómodo “quedarse un ratito más en la cama” era interrumpido por tu mamá, o papá o abuela que entraba al dormitorio diciendo:¡Vamosss, a levantarsee, que hay que ventilaaaarrrr!.

Había unos minutos de tolerancia, para que puedas cumplir su mandato; luego de los cuales, volvía a entrar a la habitación y estés sumido en el mas tibio envoltorio de frazadas o no…¡ las cortinas y ventanas eran abiertas igual!. El resplandor del sol te azotaba en la cara y frunciendo los ojos lagañosos…¡no te quedaba otra que levantarte!.

Eso era nada más como para empezar. Aun en las frías mañanas de otoño o invierno el ceremonial de ventilación tenía que iniciar y continuar, sin contemplaciones para remolones.

Una vez que la brisa (o viento) y los rayos de sol entraban por la ventana de la habitación… y que ya te habías abrigado hasta los dientes ( porque a esa altura toooda la casa estaba con las ventanas abiertas)… y que desayunabas algo para recuperar el calor del cuerpo…, pasabas a ser colaborador de la ventilación general: sacar al sol colchones, almohadas, mantas, frazadas, almohadones, abrigos, alfombras…

Y todo ello no se podía hacer de cualquier modo. No señor. Había una técnica para cada acto siguiente: ubicación, giro y sacudida de estos elementos. Era tenido en cuenta el tiempo y el lugar adecuado de exposición al aire libre. Había que cuidar que todas las caras hayan “mirado” al sol por un tiempo prudencial (cuanto más, mejor), que hayan sido giradas, agitadas y/o cepilladas. Zarandear los paños livianos con la fuerza de ambos brazos; colgar y luego golpetear los otros con algún palo viejo de escoba, o con la goma de secar el piso, o con el mango del plumero era lo que proporcionaba la seguridad de que polvo, pelusas, ácaros y demás agentes invasivos fueran expulsados de la ropa de cama y la indumentaria.

En fin, un proceso que exigía participación familiar, memoria (debías acordarte por ejemplo qué cara ya fue puesta hacia el sol), fuerza colaborativa y pericia técnica. Nunca iba a faltar la pregunta: ¿ya dieron vuelta el colchón?.

Generalmente el trabajo finalizaba pasando la hora de la siesta. Cada elemento debía ser retornado y acomodado en su lugar dentro de la casa. Opcionalmente podía culminar con una acción “adicional” de natural purificación y aromatización de la casa consistente en hervir en una olla agua con hojas de eucalipto, romero o flores de manzanilla para vaporizar el ambiente.

La ventilación abarcaba además otros objetos como roperos, cajones de la ropa, zapatillas. Los muebles se dejaban con las puertas abiertas y de ser posible los cajones se “sacaban al sol”.

El agua para beber ¡también solía ponerse al sol!, en botellas de vidrio transparentes, para “matar gérmenes”.

¡Ni las mascotas se salvaban! : a la orden de “¡fuira, fuira!” o “sssh, sssh, ¡juya, juya!” los perros y gatos eran mandados al exterior de la casa para darse un baño de rayos solares.

Hasta ¡uno mismo debía ventilarse!. ¡Salgan a ventilarse!– nos decían-. O bien “vamos a ventilarnos un poco” era un anuncio que se hacía cuando íbamos a pasear “al sol”. Así, sin saber nada de la vitamina D, hoy denominada “vitamina de la luz del sol”, nos sentábamos en el patio o nos dábamos una “vueltita por ahí” buscando reconfortar el cuerpo con el calor de la siesta. La mente quedaba asimismo “despejada” del embotamiento provocado por el encierro.

Existe un acervo cultural que desarrolla la población ante la enfermedad y al cual recurre como medio para afrontar lo que padece, una gran cantidad de actos con los que la medicina académica puede o no coincidir. Sobre el acto de “ventilar” el saber popular y la medicina actual se dan un apretón de manos amistoso animando a todos a continuar o a recuperar el ritual.

Mirna Segovia 8-06-2022

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