Inicio » La imaginación: alas de la memoria.
Compartir

Por la Psicóloga Mirna Segovia.

En su obra El Principito, Saint-Exupéri describe maravillosamente lo traumático que puede ser para un niño la incomprensión de los adultos sobre aquello que ha imaginado.

La capacidad de imaginación suele presentar una diferencia abismal en niños y adultos. Cuando somos niños llenamos de imaginación cada instante y a medida que crecemos generalmente vamos ciñéndonos a las realidades que debemos afrontar, dejando cada vez menos espacio a la capacidad de imaginar.

Lo cierto es que la imaginación resulta ser un recurso mental esencial en el transcurso de nuestra vida. Crear a nivel cognitivo contenidos (imágenes, escenas, sonidos, ideas) que no están presentes en el campo perceptivo de quien los construye es una habilidad compleja que integra el recuerdo, la reproducción, la combinación y la transformación de percepciones y conceptos ya existentes en la memoria con otras nuevas.

“Si quieres que te pase siempre lo mismo haz siempre lo mismo”, afirma una de las premisas de la teoría de la comunicación, indicando que cualquier cambio que deseemos solo se hará realidad si conlleva nuevas o diferentes formas de actuar de las que venimos llevando a cabo, lo que ha de comprometer el ejercicio de la imaginación.

El arte y la ciencia se sirven de esta capacidad; también el sistema de producción y comercio para la incorporación de productos novedosos. Así mismo en nuestra vida cotidiana la resolución de las dificultades requiere de imaginación.

Pero ¿toda imaginación es positiva?. No, nuestra imaginación suele jugarnos “malas pasadas” y ser fuente de malestar cuando asocia de modo distorsionado determinados estímulos a imágenes o ideas desagradables que nos generan miedo, parálisis o ansiedad. Un sencillo ejemplo es cuando al ver que la cortina de la ventana vuela por el viento imaginamos que alguien quiere entrar por la abertura. Las fobias son unas de las psicopatologías en las que la imaginación se emplea de manera distorsionada.

Cuando las duras realidades que debemos enfrentar parecieran hundirnos en la apatía y el desánimo la imaginación puede ser un gran auxilio, ya que nos ayuda a pensar más allá de nuestra situación inmediata, escribir escenas mentales de un futuro superador y crear un estado anímico diferente al cual inclinar nuestras motivaciones con esperanza.

La imaginación tiene “hermanos” inseparables; ellos son “la creación”, “los sueños” y “la inteligencia”. Algunos estudiosos sostienen que lo imaginado antecede a lo creado, sin embargo en un acto creador también hay lugar para lo inimaginado, para lo que sorprende, para lo impredecible. No hay inteligencia que pueda desarrollarse sin imaginación y aunque se hable actualmente de “inteligencia artificial”, en realidad las máquinas no tienen inteligencia pues no son capaces de imaginar.

La capacidad de tener empatía es otra cualidad que depende de la imaginación. No habrá empatía sin la disponibilidad de de una persona de salir de su propio punto de vista y de penetrar imaginativamente en la realidad de los demás para poder comprenderla.

El ser humano es un ser imaginativo. Sin embargo no todos tenemos la misma capacidad de imaginar. La buena noticia es que no hay edad en la que no se pueda desarrollar la imaginación.

Educar desde la infancia atendiendo a la imaginación como habilidad impulsora de cambios es proporcionar una fuente de salud.

Los niños imaginan con mayor facilidad ya que su visión del mundo es incompleta y lo están descubriendo; todo cuanto desconocen lo completan con respuestas creadas con lo imaginado. A medida que crecemos vamos llenando los huecos de nuestras dudas con las respuestas ya existentes sobre todo aquello que nos rodea, incorporando información y conocimientos sobre la cultura existente, por lo que el contenido imaginativo suele disminuir.

La adolescencia es una etapa privilegiada para desarrollar la imaginación, ya que las inquietudes por crear lazos sociales (amistad, pareja, grupos de pertenencia), por los problemas del mundo social y el sentido de justicia de los jóvenes son un fuerte motor para el análisis y reflexión sobre la toma de decisiones y alternativas creativas de transformación.

En la vida adulta y en la ancianidad encontrar soluciones a los problemas y conflictos que se refieren tanto a la vida personal como social requieren de imaginación.

Hemos de aceptar que reconstruir nuestra realidad local no puede hacerse sin poner en juego la imaginación para tener una visión de quienes queremos ser y de cómo renovar las respuestas caducas que se están dando a los problemas de los pobladores desde los sistemas político, económico, educativo, productivo, etc., de cómo sin olvidar la tradición reinventar nuestro presente. Reinventar, si, porque la memoria ha de servirnos para recordar lo vivido y aprendido pero quedarnos anclados en el pasado significa no crear absolutamente nada, y la vida es creación no estancamiento. ¿Qué podemos ser capaces de producir; cuales son los paisajes, los sabores, los oficios, las creencias, los mitos, los relatos religiosos que tenemos en nuestro presente y cuáles podemos imaginar, recrear o crear para diseñar un mejor futuro?

Javier Villa, un artista destacado de nuestro país dice que “el pasado no se puede cambiar, pero la historia se puede imaginar y reformular para diseñar el futuro”. ¿Quién no necesita de ello?.

Ilustración del artículo: “Añoranzas”, obra de la artista local Graciela Zalazar.

Mirna Segovia-24 de marzo de 2022.

Compartir