Inicio » Iniciando la escuela …¿todos receptivos? *
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Por la Psicóloga Mirna Segovia.

Hace algunos años, durante una experiencia de investigación que realizamos con mi compañera la profesora Lorena Pérez y un grupo de voluntarias, acompañábamos a hacer la tarea a niños con dificultades para aprender los contenidos enseñados en el primer ciclo de educación primaria. Asistíamos a sus domicilios e intentábamos descubrir los modos para que superen sus dificultades, involucrando a la familia en cada visita.

El desgano, la inseguridad, la falta de interés en realizar las actividades escolares eran estados que aparecían mencionados en los informes docentes al referirse a la actitud que estos niños venían trayendo en clase y que obstaculizaban su aprendizaje.

¿Cómo hacer para que los niños se vuelvan receptivos y sensibles a lo que pretendíamos enseñarles?: este fue un interrogante recurrente que se hizo presente ante cada niño que debíamos acompañar.

Poco a poco la experiencia durante la asistencia a las casas nos fue demostrando que no era centrándonos en hacerles hacer las actividades escolares o enseñando un contenido desde donde obtendríamos logros, sino que el estado propicio para aprender surgía de un modo particular de aproximarnos al niño y de interactuar con él. Más que buscar el estímulo adecuado (centrarnos en la actividad o el contenido), la tarea en la que nos teníamos que empeñar era la de crear interacciones afectivas que con responsabilidad contribuyan a conocer al niño, lo que sabía, lo que no, sus gustos, sus capacidades, su modo de aprender. Los gestos, la mímica, la observación fueron para nosotras instrumentos tan potentes como el habla para generar los cambios que deseábamos.

El foco del acompañamiento a tantos niños fue el modo de estar con ellos y de interactuar. Sobre este pilar pudimos ir desarrollando pre requisitos cognitivos (la motivación, la atención, la memoria etc) que hacían que el aprendizaje directo sea efectivo.

Una (no la única) de las formas propicias para interactuar con los niños y sus familias fue actuar con “tacto”.

El tacto es ese agudo sentido de qué hacer o decir para mantener buenas relaciones con los demás o para evitar la ofensa. Implica sensibilidad, percepción consciente y estética. Tiene propiedades interpersonales y normativas. No tiene necesariamente la connotación de una sensibilidad suave, porque uno puede ser sensible y fuerte: el tacto impone que se sea franco, directo, candoroso, sincero.

Van Manen M. (2012) afirma que tener tacto es ser solícito, sensible, perceptivo, discreto, consiente, prudente, juicioso, sagaz, perspicaz, cortés, considerado, precavido y cuidadoso. El autor al hacer una diferenciación entre el tacto social general y el tacto pedagógico entre educador y niño resalta la primacía del tacto desde el docente hacia el niño, una expresión de responsabilidad que asumimos al proteger, educar y ayudar a los niños a madurar; los niños no están allí fundamentalmente para nosotros, mientras que nosotros sí estamos fundamentalmente para los niños.

Recordemos que Paulo Freire dio centralidad al dialogo en su pedagogía; pero no cualquier diálogo sino aquel que vence el desamor del anti dialogo del aula discursiva, que cree en el hombre y sus posibilidades, nutrido en el amor, la humildad, la esperanza, la fe y la confianza; ese es el diálogo que comunica es el que tiene estímulo y significado.

Tanto para el inicio como para la continuidad del ciclo lectivo deseo que padres, docentes y alumnos transitemos el camino de la escolaridad tomando de la mano a este compañero, “el tacto”, como modo de aproximarnos unos a otros y sabiendo que es una potente llave que abre la puerta a lo mejor de los demás.

*Esta publicación se basa en la sistematización de la experiencia de investigación publicada en el libro “Acompañamiento pedagógico domiciliario”, M. Segovia y L.Pérez, Ed. Ana, año 2020, pp 25 a 32.

Mirna Segovia

5-03-2022

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