Inicio » Una señora llamada “Serenidad”.
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Por la Psicóloga Mirna Segovia.


Hacia fin de cada año, muchos son los propósitos que establecemos con miras al nuevo. Lograr la paz en nuestras vidas puede ser uno de ellos. Es un deseo que expresamos hacia los demás de boca en boca, en mensajes escritos, en audios: tener paz, vivir en paz, estar en paz.


Iniciado un nuevo año, los problemas, los imprevistos y la incertidumbre por lo que vendrá nos hace trastabillar en la buena intensión de caminar los días de la mano de esa paz. Esa paz chiquitita, esa paz cotidiana, que nos ayuda a encarar con temple las envestidas y con gozo calmo las victorias de nuestras horas diarias, de esa paz es de la que estoy hablando. Éste es un estado de serenidad.


La serenidad es una “señora” que intenta gobernar el mundo de los afectos para establecer un equilibrio de armonía que se manifieste en suavidad en las relaciones. Hace que logremos un estado apacible, sosegado, de calma y tranquilidad ante situaciones difíciles, impredecibles, indeseables o adversas y también ante los triunfos; un refugio interior de paz y seguridad.


La serenidad, es una cualidad espiritual y emocional aprendida y positiva. Antes de ser “señora” fue bebé, niña, adolescente y luego adulta. Se gestó en nosotros desde los primeros años de vida alimentándose de las voces y ejemplos de quienes nos criaron y educaron. Ellos nos mostraban cómo ser serenos o cómo serenarnos en la adversidad , por ejemplo cuando nos decían “esperá”, “tené paciencia que ya se va a dar”, “no te preocupes”, “no te desesperes”, “tené confianza que vos podés” , “todo va a salir bien”, “con ponernos mal no ganamos nada”, “rezá y tené fe”, o frases que iban en el mismo sentido. Sobre todo aprendíamos a hacer crecer nuestra capacidad de serenarnos cuando los veíamos enfrentar las dificultades de ese modo y los imitábamos. Al ir sumando años y experiencias en nuestras vidas fue quedando en nosotros hacer madurar a la “pequeña serenidad” que nos procuraron nuestros cuidadores. También hay que reconocer que muchas personas han quedado desnutridas de estas experiencias educativas básicas para el logro de la serenidad, lo que puede hacerlos más susceptibles de reaccionar con ansiedad desmedida, desesperación y miedos paralizantes.


A todos nos gusta tener serenidad, lo difícil es saber cómo incorporarla a la vida cotidiana. Si la queremos integrar a nuestra cotidianeidad hemos de entender que esta “señora” es algo exigente, es escurridiza y viene de la mano de una corte de servidores que necesitamos dejar habitar en nosotros para conquistarla; entre ellos:


-La aceptación de no poder cambiar todo en un momento dado, rechazando sostener las emociones negativas . Necesitamos humildad para abrazar la aceptación. Aceptar no es negar la realidad, sino por el contrario reconocerla entendiendo las limitaciones a las que estamos expuestos en determinado momento.


-Relación con lo trascendental, con un Dios de bondad que señala el sentido de la existencia, en quien depositar entrega y la esperanza de obtener ayuda para encontrar una salida.


-Conexión con los demás con propósitos de bien.


-Conexión con la naturaleza.


-Paciencia: saber esperar y tolerar sin queja lo adverso y la insatisfacción. No implica pasividad sino que es una espera activa pero sosegada y esperanzada.


-Confianza en uno mismo. Las personas serenas han desarrollado hábitos, competencias que le posibilitan tener la convicción de que en algún momento serán capaces de arbitrar medidas para posibles soluciones a sus problemas.


-Capacidad de perdonar y perdonarse, lo que evita que alguien centre su tiempo y energía en una pelea constante con el pasado, con los demás o consigo misma.


-La reflexión introspectiva. Se trata de reflexionar sobre nuestros actos y sus efectos; sobre las circunstancias que nos rodean, cómo las valoramos y qué sentido les damos; sobre las prioridades en nuestra vida; sobre qué es lo que nos hace bien y mal, qué nos altera y qué nos calma, etc. Mediante ella logramos autoconocimiento y la conciencia de nuestros actos.


Hacer madurar a la señora serenidad es ir alimentando a cada una de esos servidores de su corte con actos cotidianos que con la repetición se transformarán en hábitos. En mis artículos anteriores ya me he referido a algunos de ellos como el perdón y la conexión con la naturaleza. El autoconocimiento y la aceptación, entre otras cosas nos posibilitará saber ante qué circunstancias decir “no”, a enfocarnos en lo que valoramos como prioritario y desconectar de lo demás (“una cosa a la vez”, “lo primero es lo primero”). Quienes han cultivado su fe en Dios poseen un faro para alumbrar lo que es significativo en la vida y conocen del poder de la oración y de la Palabra para encontrar serenidad. Quienes alimentan sus relaciones interpersonales con empatía, solidaridad y respeto saben de la importancia del apoyo de los demás a la hora de las “tormentas” emocionales. Las victorias también requieren serenidad, de la capacidad de gozar con calma, pues la exaltación por los triunfos puede conducirnos al menosprecio de los demás, a la altanería, la omnipotencia, la grandilocuencia…”no te cebes”, “no te embales”, “mantené la cabeza fría” eran frases que nos indicaban el equilibrio que había que tener para no sobreestimar nuestras capacidades ante los logros y no abandonar los esfuerzos futuros o incluso para no “dormirnos en los laureles”.


Estar tranquilos cuando todo fluye en la vida de acuerdo a nuestras expectativas no es serenidad. La serenidad es la paz interior lograda en medio de los problemas, del bullicio de la calle, de los imprevistos del trabajo y también en las victorias que nos enorgullecen.


Sabemos del valor de la serenidad en nuestras vidas, por eso la buscamos, la deseamos para nosotros mismos y para los demás. Apreciar la serenidad conlleva apreciar a esa corte de servidores a los que es necesario alimentar cada día. Nutrirlos con pequeños, con mínimos actos es allanar el camino para que la serenidad se nos vaya “amigando” y se nos haga cada vez menos escurridiza.


Mirna Segovia, 5 de Enero de 2022.

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