Inicio » ESOS “LOCOS” POR EL CARNAVAL.
Compartir

Por la Psicóloga Mirna Segovia.

Noche de corsos de antaño en Santa Elena, desde sus inicios allá por 1930/1940, comparsas tradicionales, murgas y grupos musicales acompañados por payasos, tonis y arlequines alegraban las noches de carnaval luego de haber transitado los barrios desde horas de la tarde (R. Casals, 2015). Las “Mascaras sueltas” desplegaban ingeniosas y divertidas “puestas en escena” despertando en el público la carcajada. Las familias animaban la fiesta callejera esparciendo papel picado, serpentinas y agua perfumada.


Desde 1974 hasta nuestros días, en época de carnaval se ha venido realizando en calles de la ciudad (más recientemente en sectores habilitados como corsódromo) el Corso Espectáculo con comparsas de estilo (R. Casals, 2015).


Autoridades civiles y eclesiásticas han intentado en algunas oportunidades suspender, controlar o evitar la realización de los corsos. Aún así, con o sin apoyo de entes oficiales, los pobladores se las han arreglado para manifestarse por las calles mediante comparsas, murgas o como grupos de “disfrazados”, haciendo subsistir a través del tiempo la fiesta del carnaval.


El carnaval no tiene el mismo sentido e intensidad para todos, cada uno lo vive a su modo. Para algunos el corso puede ser una suerte de esparcimiento, un entretenimiento que se asocia a las vacaciones, al descanso. Para otros es un tiempo de humor exaltado y desinhibición que suele dar cabida a excesos. Lo que no se puede negar es la atracción que tienen tantas personas por participar activamente en el corso.
¿Pero qué es este empecinamiento, esta aparente locura de mucha gente por vivenciar la fiesta de carnaval?


En la calle o en el corsódromo personas de todas las edades desfilan con máscaras, caretas, trajes o disfraces. Saltan y bailan al compás de la música de bandas y batucadas. Encarnan un personaje, juegan con la fantasía de la representación y pueden mostrarse tan locos y extravagantes como quieran.
Los disfraces personifican protagonistas de historietas, cuentos, mitologías; representaciones del mundo natural, de ídolos del espectáculo o del deporte, de figuras de la política caricaturizadas. Tras el ocultamiento de la máscara se siente una especie de “licencia” para la humorada, lo grotesco, lo ridículo. Lo que parece imposible ser alcanzado en la vida cotidiana en el corso se hace posible: ser rico, viajar al espacio, construir un mundo de bondad y paz, volar, ser un superhéroe o estrella del deporte o del espectáculo, burlar a los poderosos…


Desde el punto de vista psicológico la fiesta de carnaval conlleva un aspecto lúdico socialmente compartido. En ella las comunidades se dan un permiso, una tolerancia a vivir una “fantasía” mediante la representación; una especie de “juego” de interpretación aceptable socialmente y desplegado en un espacio que actúa como escenario común.


Mientras dura la fiesta se produce una catarsis, un desahogo que moviliza y hace fluir sensaciones y actitudes que en la vida ordinaria están congeladas, bloqueadas, ocultas, contenidas. Las emociones se descarnan del sí mismo para encarnarse en un personaje.


Lo que en la vida cotidiana hace sentir a las personas intimidadas y asechadas es allí burlado, ridiculizado o dominado (las fuerzas de la naturaleza, los seres o situaciones que provocan miedo).
También, en la fantasía y aunque sea por algunos días, se pone de manifiesto un modo de evidenciar las problemáticas sociales, de jerarquía y de poder desde el componente lúdico y el humor grotesco: un modo de crítica social.


En carnaval se suspenden las barreras jerárquicas, ricos y pobres se unen en un ambiente de familiaridad y disfrute de la celebración. Hay una convivencia de clases en condición de igualdad que en la vida ordinaria no suele suceder. Se juega con las oposiciones, con las jerarquías, con las imposibilidades.
Las personas experimentan también, por algunas horas, el desprendimiento de sus roles sociales habituales. Es que cada una tiene roles sociales con los que cumplir normalmente pero que suelen mostrar una parcialidad de lo que son, de sus gustos e intereses. El carnaval les permite “jugar” con esa parte menos manifiesta de ellos mismos, exteriorizándola en un clima de fiesta; también posibilita explorar quienes no son o interpretar a aquel que les gustaría ser. Es un “juego” que da la libertad de ser alguien que no se puede ser en la vida diaria.


Los santaelenenses recordar la libertad temática de la que gozaban los grupos de “enmascarados” lo que les permitía, entre otras interpretaaciones, bufarse de quienes ejercían poder en el ámbito laboral, o de las carencias del sistema de servicios públicos. Así por ejemplo obreros del frigorífico se disfrazaban de sus jefes o supervisores ridiculizándolos mediante imitaciones exageradas de sus modismos, comportamientos o dichos; un grupo de vecinos tras caretas y atuendos hechos con trapos viejos parodiaban un accidente de tránsito donde el accidentado era trasladado en una ambulancia destartalada hecha de cartón y alambres que se rompía a cada paso y era conducida por un chofer torpe que perdía al paciente en el camino.


¿Qué REPRESENTA tu comparsa?, se preguntan unos a otros los locos por el carnaval; ¿qué REPRESENTA tu traje?, ¿qué vamos a REPRESENTAR en la murga?. Cada comparsa o murga hace una representación temática grupal, pero más allá de ello en cada uno de los integrantes se jugará una fantasía que tiene algo de singular.


Así algunos hombres crearán una murga y se vestían de mujeres sin disimular (para el hazmerreir del público) su intento fracasado por dominar la incomodidad de los tacones altos, los tops ajustados o corsetería, las minifaldas, las pelucas con cabellos hasta la cintura.


Así la profe del colegio soltará su habitual rodete; se desprenderá del traje sastre y los zapatos de tacón bajo; acariciará su piel bronceada esparciendo aceites con purpurina; moldeará las formas de su sensualidad con biquini de lentejuelas y mostacillas, con caderín con flecos de piedras y con botas bucaneras.


Así, el chico de la esquina, ese que parece “raro” y que casi nunca sale a la calle, subirá los escalones de una carroza gigante; sentirá a ese sitio como su trono siendo él un rey con casquete de plumas amazonas, túnica y capa resplandecientes de latones dorados…y su reino: una multitud que lo avivará al verlo pasar.


Así, el doctor del hospital se quitará el ambo verde y liberará su cuello del estetoscopio que lo acompañó durante la guardia. Anudará alrededor de su tórax una pechera bordada de pedrería. Muñequeras revestidas con lamé engalanarán esas manos que trabajaron sanando; se colocará canilleras en esas piernas que han caminado urgencias y ceñirá un tocado en composé alrededor de ese rostro que ha visto y llorado muertes.


Así un hombre de mediana edad, menudo y en apariencia debilucho, portará sobre sus hombros un espaldar que lo dobla en altura y le suma cincuenta kilos a su peso corporal.


Así el encargado de una empresa dejará la oficina con aire acondicionado; maquillará su rostro y esconderá su solemnidad bajo un disfraz de payaso que lo cubrirá de pies a cabeza, decidido a sudar risas en el asfalto ardiente.


Así una anciana bailará hasta los límites de sus huesos y en la escuadra de una comparsa habrá madres amorosas bajo trajes de bruja de Hansel y Gretel.


Pero allí señores, en este mundo del revés, nadie se engaña. Cada uno sabe conscientemente que lo que representa es un juego, una fantasía, una simulación, una escusa. La conciencia de ello hace que el acto que se exterioriza cause risa y divierta. Pasado el carnaval el médico no dejará de ser médico para convertirse en bailarín de teatro; la profe no dejará de ser profe para convertirse en vedette; las madres no actuarán con sus hijos como la bruja de Hansel y Gretel ni el obrero seguirá burlando a su jefe en ámbito de trabajo. Terminado el carnaval cada uno volverá a su rutina; la memoria atesorará en ellos las risas y el gozo de haber jugado a ser otro aunque sea por un momento; las fotos y anécdotas de lo pasado servirán para revivir la alegría…hasta el próximo carnaval.


La subsistencia del carnaval podría entenderse por la necesidad que tienen las personas de encontrar un rincón en el tiempo y en el espacio donde vivenciar, aunque sea excepcionalmente y de manera lúdica, estas libertades bloqueadas en el tiempo ordinario.


Que del carnaval se ha hecho una industria, sí es cierto. Las personas dedicadas a la música, sonido, locución, la danza, la manufactura de costura y bordado, las artes visuales, el maquillaje, el peinado, la carrocería, la construcción de herrajes y otros oficios afines encuentran en esta fiesta una fuente de expresión y de ingresos económicos. Pero ni el que pone el dinero ni los organizadores han de considerarse dueños absolutos del carnaval. Los corsos como genuina manifestación popular seguirán existiendo en tanto y en cuanto la industria del turismo no haga del carnaval un artículo de consumo vaciado de contenido, huérfano de las participación popular que integre las tradiciones, carente de intercambio, de ingenio y de la creatividad de los ciudadanos comunes; en tanto y en cuanto no lo convierta en un reducto diseñado para la participación de los pocos que lo puedan pagar para disfrutarlo. Y si así fuere, si el corso llegara a convertirse en algo así como una fiesta privada, estén seguros que en alguna callecita escondida de algún barrio cualquiera, alguien loco por el carnaval reunirá un grupito de vecinos tan locos por el carnaval como él y con un poco de lo que tengan a mano armarán trajes coloridos, una banda que suene alegre y pondrán gratuitamente en las calles abiertas una popularmente significativa fiesta carnaval.

Mirna Segovia, 28 de Enero de 2022

Compartir