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RADIO UNO SANTA ELENA.

Las fiestas de fin de año, emociones a flor de piel.

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Por la Psicóloga Mirna Segovia.


Las fiestas de fin de año suelen despertar emociones muy intensas: alegría, ilusión, entusiasmo, nostalgia, enfado, desánimo e incluso tristeza. Pueden surgir con turbulencia, de modo contradictorio y ambiguo, experimentarse como un “sube y baja” que nos deja agotados.


Seguramente has oído decir o quizás sos de los que piensan: “odio las fiestas”, “quiero que ya pasen las fiestas”, “si por mi fuera me dormiría y despertaría después de las fiestas”…u otras expresiones en el mismo sentido.


Es que “fiesta” implica festejo y el festejo alegría, pero a veces pareciera que no encontramos nada qué festejar ni por qué festejar. Intentar encontrar sentido a las fiestas de fin de año es una búsqueda que todos más o menos conscientemente hacemos.


Los sentimientos de enojo, tristeza, angustia conjugan reacciones a recuerdos por experiencias del pasado con el cómo vivenciamos acontecimientos recientes. Los recuerdos, el cansancio, la nostalgia, los conflictos familiares, las desilusiones, la soledad, los problemas económicos, las necesidades materiales, las enfermedades, los duelos, las frustraciones por los objetivos no alcanzados podrían sumirnos en un estado de indignación que haga que nos revelemos a todo aquello que pueda ser vivido como “fiesta”.


Son fechas que encuentran a muchas personas sin aparentes motivos para festejar o sin ánimo de hacerlo. Sumando a ello sienten el peso de lo que pareciera ser un mandato social por cumplir: “hay que estar alegres”, “hay que estar felices”, “hay que olvidar el sufrimiento”. Todo ello es alimentado por los medios de comunicación que a la vez que expone noticias con lo peor de nuestra sociedad, abundan en propagandas con gente de caras sonrientes, comiendo, bebiendo y al señor gordo de traje rojo con barba blanca repartiendo regalos.


Si alguien además de venir padeciendo dolor físico o emocional tiene que hacerse cargo en las fiestas de preparar comida, reunirse con gente que no aprecia, comprar regalos cuando no hay plata que alcance etc, etc, todo ello solo para cumplir un mandato social…bueno, es lógico: ¿cómo no querer desaparecer hasta el año entrante?.


Lo cierto es que el sufrimiento que una persona padece, no se puede extirpar de su estado anímico solo porque falten una semana o dos o tres para las fiestas. Es parte de la vida misma. Tampoco es posible tener resulto todo lo que no se ha resuelto antes. Y nadie está obligado a hacerlo.


Lo que sí podemos hacer es elegir cómo transitamos las fiestas sin escapar a lo que sentimos, reconociendo lo que nos pasa y cómo lo venimos encarando. No siempre es posible modificarlo a corto plazo.


Si nos centramos en la Navidad es sabido que para los cristianos el motivo de celebración es el nacimiento de Jesucristo, que para los creyentes es un hecho decisivo que reconcilia al hombre con su Creador. El tiempo de Adviento se dedica a la preparación espiritual para una renovación interior que abre las puertas a la alegría de la Navidad. Aún así muchos cristianos viven la Navidad sin considerar este suceso. Quienes profesen su fe encuentran un ella un enorme tesoro que llena de sentido la Navidad y contribuye a su bienestar emocional.


Quizás en estas fiestas no podamos evitar el dolor emocional o la tristeza por experiencias vividas. Pero así como nadie carece de sufrimientos hemos de ser plenamente conscientes de que tampoco nadie, por más dolido que esté, carece de amor. Dejar surgir y dejarnos animar por ese amor que anida en nuestro interior es iniciar un camino de bien-estar para estas fiestas. El amor siempre nos saca de nosotros mismos, nos conduce hacia los demás. Es saliendo de nosotros mismos, entregándonos a los demás en actos simples, llenos de sentido y sinceridad que se puede encontrar un significado positivo para estas fiestas. Dije “simples”, “llenos de sentido” y de “sinceridad”. Nada tienen que ver con el entusiasmo fugaz que puede dar el consumismo, o con el jolgorio de juntarse para incurrir en excesos hasta que los órganos del cuerpo exploten. Los actos a los que me refiero no están basados en entregar a los otros algo comprado (en el tener) sino en acercarnos a los demás compartiendo aquello que enriquezca su “ser”. Éste es el modo con el que creamos experiencias con sentido positivo: son pequeños actos de amor.


Las emociones están a flor de piel en estos días y con ello la susceptibilidad también. Exige de paciencia con los demás y también hemos de tenerla con nosotros mismos.


Yo no te puedo dictar actos con sentido para estas fiestas, no te puedo ahorrar el trabajo psíquico de buscarlos, pero sí te invito a que estés completamente convencido de que muchos se alegrarán de ser receptores de aquello que puedas entregar en pequeños gestos con sentido (un llamado, un momento de compañía, un mensaje que acerque al reencuentro, la ayuda en lo que seamos capaces de dar, la humildad de pedir lo que necesitamos y que el orgullo no nos permitió)…y su alegría impulsará la tuya. Son modos simples de abrir la puerta al bienestar. La disposición al perdón y a la gratitud, como ya lo he dicho en mis artículos anteriores, también ayudará.


La renuncia que jamás hemos de hacer es a la de buscar un sentido trascendente no solo para las fiestas sino para la vida… ¡trascendente! pues ha de ir más allá de uno mismo, del tiempo presente y de la materialidad que perece.


Y para ir terminando este artículo les cuento que al escribirlo recordé un momento de mi vida que atesoro en mi recuerdo y en mi corazón. Para los que deseen conocerlo se los regalo en este relato:


Ella era una compañera de la facultad. Me doblaba en edad. Era una mujer virtuosa, cordial, amable e inteligente. Yo la admiraba por la entrega y compromiso social que había tenido desde su adolescencia trabajando desinteresadamente en barrios marginales, por la sensibilidad y sencillez para encarar su vida familiar (la relación con su pareja e hijos) y por su dedicación al estudio entre tantos compromisos. Había sido sumamente generosa conmigo, acompañándome y aconsejándome en momentos complicados de salud.


Uno de aquellos años de estudio, hacia fines de Noviembre, estábamos preparándonos para exámenes finales de la facultad ante una mesa plagada de libros, apuntes y fotocopias encimadas. Nos tomamos unos minutos de descanso mientras renovábamos el mate. Con entusiasmo le hablé de mi deseo de regresar mi pueblo y de las tradiciones de Navidad que teníamos en mi familia. Sin pensar, casi por inercia le hice una pregunta habitual para estas fechas: “¿Y ustedes cómo van a pasar la Navidad?”.


Para ese instante ella se encontraba sentada frente a mí sosteniendo el mate con yerba nueva. Me miró con una sonrisa que parecía abrazarme y con voz suave, tranquila, casi como con un susurro me dijo: “Mirna, yo soy agnóstica”.


Quedé desconcertada. Me sorprendió saber que no tuviera la convicción de la existencia de Dios. Por unos instantes no supe cómo continuar la conversación. Tragué saliva, suspiré y solo atiné a seguir preguntándole…me lancé a un mar de preguntas sobre el sentido que para ella tenía la ayuda a los demás, sobre la espiritualidad de sus hijos, sobre la vida misma. Ella respondió a todo de modo tierno, maternal, con paciencia y consideración por mi torpeza de entendimiento.
Luego de escucharla por largo rato volví a mi pregunta inicial: “¿Pero entonces: festejás la Navidad?”. Me respondió que “sí”. Entonces le inquirí: “¿Y qué festejás?”. Ella comenzó a explicarme:


“Para nosotros (se refería a su familia) Jesús existió realmente. Lo vemos como un gran hombre que nació y vivió en la pobreza, predicando el amor a los otros, sobre todo a los marginados de su época y que practicaba y enseñaba a practicar la justicia. En Navidad recordamos a Jesús y sus obras. Es para nosotros un ejemplo de humanidad. Eso lo celebramos.


Celebramos también la vida y todo lo que pudimos obtener con nuestro esfuerzo este año.
Recordamos con cariño a los seres queridos fallecidos y a todos los que murieron luchando por nuestros mismos ideales de una sociedad mejor y más justa para todos los marginados.
Prendemos velas…brindamos por todo eso, también por los deseos particulares que cada uno tiene en su interior…por la alegría de estar juntos y compartir…Pasamos la noche charlando, cantamos las canciones que nos gustan. Somos pocos cuando nos juntamos: nosotros, algún par de amigos con los que vivimos momentos fuertes durante el año e invitamos a alguien que conozcamos que no tenga con quien reunirse y quiera venir”.


Ella siguió hablando. Me contó porqué no tenían un árbol de Navidad comprado pero sí acostumbraban a adornar uno natural que crecía en el pequeño jardín. Me relató cómo participaban los niños de la familia en el ritual de construir a mano los adornos para el árbol y colgarlos, de la historia de ese árbol, y de cómo todo ello era además un modo de agradecer por los bienes de la naturaleza.


Después de escuchar todo aquello solo atiné a hacerle la última de mis preguntas:¿Y qué pensás de los que creemos en Jesucristo?. Me respondió: “Les tengo una sana envidia. Ustedes tienen respuestas que yo todavía estoy buscando.


Allí terminó la conversación. El tiempo durante la charla había pasando casi sin darme cuenta. Ya se había acabado el agua del termo. Los apuntes para el examen hace rato yacían intactos sobre la mesa. Había entrado la noche y me tuve que ir de su casa.


Ella me acompañó hasta la parada de colectivo. Cuarenta y cinco minutos duraría mi viaje desde allí hasta el barrio donde yo vivía. En el trayecto, entre el meneo constante del ómnibus en marcha, el sonido de sus frenadas y las luces de la ciudad que corrían por la ventanilla, mis pensamientos no dejaban de girar en torno a aquella charla.


Desde que la había conocido nunca la escuché presumir de su posicionamiento ante la vida, ni de la “libertad religiosa” que le proporcionaba, nunca la vi ni escuché militar ni decir algo contra los creyentes, tampoco abogaba una superioridad racional ni intelectual. Ella con su relato, pero más con su vida, me mostró cómo salir de uno mismo encontrando modos simples de dar sentido y comulgar con los demás. La admiré mucho más por todo eso.


Mirna Segovia
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