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RADIO UNO SANTA ELENA.

Gratitud: adquirir una visión.

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Por la Psicóloga Mirna Segovia.

Primavera aún, aunque el calor de la tarde parecía apurar al verano.

Me senté en un banco de la plaza bajo árboles frondosos buscando la brisa fresca. Las voces jubilosas de los niños que jugaban en el parque animan el compás del tiempo. Una mujer, como buscando la charla cómplice, se acercó lentamente a una anciana que tenía un niño en brazos.

– Calor ¿no?- dijo- ¿cómo anda ese chiquito?- ambas parecía que se conocían.

– ¡Ahora bien! ¡ya corre por todos lados- respondió la anciana.

La más joven toma un par de caramelos de una bolsita que tenía en la mano (y que racionaba de tanto en tanto a sus hijos que disfrutaban de los juegos) y se los ofrece al pequeño. Él los toma estrujándolos en sus deditos, mientras la anciana lo interpela con una pregunta:

-¿Qué se dice?.

-Gracias- expresó el niño con voz tímida y ojos vivaces.

He aquí una escena seguramente repetida de nuestra infancia. El “gracias” de nuestra infancia comenzó así, siendo la respuesta obligada a la consigna “¿qué se dice?” impartida por los mayores para retribuir algo que se nos otorgaba. Era un “gracias” enseñado en la familia, en la escuela, en el vecindario como actitud de respeto y buena costumbre …un gracias dicho casi automáticamente.

Seguramente todos tenemos recuerdos de esas primeras enseñanzas y las solemos repetir con los más pequeños.

Pero ¿seguimos dando gracias en nuestra vida adulta? ¿cómo son los “gracias” de nuestro presente?

La Real Academia Española conceptualiza a la gratitud como “el sentimiento que obliga a una persona a estimar el beneficio o favor que otra le ha hecho o ha querido hacer, y a corresponder a él de alguna manera”. Esta definición me resulta bastante acotada y ambigua; acaso ¿se puede reducir la gratitud a un “sentimiento”? y ¿es posible “obligar a una persona a estimar un beneficio”?

Durante siglos el concepto de gratitud se ha asociado con la religión y la filosofía moral. La filosofía ha ido mucho más allá de concebir a la gratitud como un sentimiento; la define como una virtud que denota buen comportamiento, una cualidad, un habito, una disposición permanente que inclina a las personas a buscar y elegir obrar bien con todas sus fuerzas y firmeza.

Es en estos últimos años que la gratitud ha sido objeto de estudios con metodología científica en psicología. En psicología la gratitud es una fortaleza, una cualidad, un punto fuerte de la persona que hace referencia a saber reconocer lo que tenemos y lo que otro/s hace/n por nosotros. Ese “otro” benefactor puede ser una persona, Dios, la naturaleza o la vida misma. El beneficio por lo que podemos estar agradecidos podrán ser materiales, tangibles o también pueden ser bienes intangibles.

La gratitud como fortaleza y cualidad es más que la reacción automática de decir “gracias” ante un beneficio puntual. Se trata de “ser agradecido”, de incorporar a nuestro “ser” un rasgo de carácter que no se acota a un estado sentimental temporal. Implica adquirir la visión de cuánto bien hay para nosotros en cada gesto de otras personas, en circunstancias de la vida que nos toca atravesar, en nuestro entorno… y también de cuanto bien hubo en el pasado. Agradecer de manera auténtica y sincera abre las puertas a una mejor salud, además de fomentar la buena relación contigo mismo y con los demás

No se trata de dulcificar la vida porque sí, ni de negar los aspectos más adversos de la realidad, sino de cuidar de que aquellos hechos o circunstancias en las que pongamos el foco no ensombrezcan toda la perspectiva de nuestra existencia.

Las personas agradecidas podrían ver lo positivo incluso en los momentos de sufrimiento, valorando esas vivencias para integrarlas en su existencia como aprendizajes; el trauma durará menos y la actitud será más positiva tras agradecer lo aprendido en la desdicha. Por ello se considera que la gratitud es valiosa tanto para la propia persona a nivel emocional, como para vivir y sobrevivir en nuestro entorno (muchas veces adverso) a nivel relacional.

Existen estudios que encuentran que las personas que practican la gratitud reportan beneficios consistentes que van desde la resistencia emocional y la mejora de la salud física a las ventajas profesionales y una mayor empatía.

La gratitud es una gran vacuna contra el pesimismo. Las personas agradecidas focalizan lo que sí tienen y poseen, los detalles positivos que le rodean, y no lo que les hace falta; eso las hace menos quejosas. Por ello la gratitud regula el estado emocional posibilitando adaptarse (pero sin resignarse) a circunstancias adversas de la vida

Se ha comprobado científicamente que cultivar la gratitud genera mayor optimismo, emociones más positivas y relaciones mejoradas, ayuda a sentirse menos solo o aislado y amargado, a ser generosos y compasivos. A menudo cambia nuestro enfoque sobre nosotros mismos, sobre otras personas y nuestro entorno. Como resultado, a menudo nos sentimos más conectados con los demás, con la naturaleza, con las experiencias e incluso con la comunidad global.

Como seres integrales que somos cuando encontramos algo por lo cual estar agradecidos, por más pequeño que sea, y mantenemos ese sentimiento de gratitud por algunos segundos, nuestro cuerpo también experimenta varios cambios fisiológicos sutiles y beneficiosos: la disminución de los niveles de estrés y el fortalecimiento del sistema inmunológico; mejor flujo sanguíneo; el ritmo cardiaco se armoniza y la respiración se vuelve más profunda, por lo que aumenta la cantidad de oxígeno en los tejidos; conciliamos el sueño con mayor facilidad.

La gratitud nos pone en el lugar de humildad, rompiendo con nuestra creencia de ser autosuficientes y omnipotentes. Nos ayuda a asumir que nada que poseemos es eterno.

Una persona agradecida ha de entender también que puede provocar (sin que sea su intención) la imagen de estar siempre en deuda con el benefactor, por lo que ha de atender al hecho de no ser mal interpretada.

Ser agradecidos suele no ser fácil pues el cerebro no es especialmente sensible a este sentimiento, tiende a pasar por alto todas las buenas personas, oportunidades, eventos y otras cosas positivas en nuestras vidas. La buena noticia es que la gratitud es una habilidad que se puede entrenar, cultivar con voluntad. Hay muchas maneras de hacerlo, por ejemplo dedicando tiempo a saborear lo bueno del pasado ya que los recuerdos positivos que se generan en nosotros aumentan nuestro bienestar y también nuestra autoestima, actuar con más generosidad, dedicando unos minutos cada noche al terminar el día a pensar en cosas (aunque sea 2 o 3 ) por las que te sientes agradecido, recordando algunas de las personas que ese día tuvieron contacto contigo e identificar en ellas cualidades que te hicieron sentir bien, expresando cada día tu aprecio a alguien cercano, descubriendo en la naturaleza algo bello que disfrutar. Puedes realizar estas prácticas con la frecuencia que lo desees, hasta que sea parte de ti identificar las bendiciones que te rodean.

¡Ah y no olvides nunca, al mirarte al espejo, apreciarte por lo bueno que hay en vos y que gratuitamente has ofrecido a otros y aún tienes para ofrecer! La gratitud mejora la autovaloración y te permitirá en el futuro activar esas capacidades de forma inmediata.

Finalizando ya el articulo de esta semana entenderás por qué el titulo y la introducción. Es que ser agradecidos no es simplemente reproducir por hábito el acto de “decir” gracias aprendido en nuestra infancia, sino que es la actitud de vivir abriéndose fuertemente, con todo nuestro ser (físico, psíquico y espiritual) a la visión de las simples cosas (tangibles o no) que recibimos como dones, que nos son gratuitamente dadas y por las que hemos de estar cada día sinceramente agradecidos.

Ps. Mirna Segovia.

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