PSICOLOGÍA Y PERDÓN.

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Por Mirna Segovia.

“…Si alguna vez se enojaba
con un gurí, siempre ella,
antes de cerrar la noche,
le dió la mano derecha
para que él se la besase
con un: “perdonáme vieja”!
Nunca se pudo dormir
con un hijo en penitencia…”


Yamandú Rodríguez
.

Leer la palabra perdón puede generar en las personas diferentes reacciones. Algunos sentirán ganas de evitar cualquier referencia al tema, otros se llenarán de bronca o angustia al rememorar situaciones de ofensas vividas, quizás también estén aquellos que conecten con esa sensación de paz encontrada tras largas batallas entre el dolor y la decisión de perdonar.

Cada ser humano tiene la posibilidad misteriosa de perdonar y de una u otra forma todos en algún momento de la vida hemos perdonado y sido perdonados.

La actitud de perdonar y el sentirse perdonados envuelve todo nuestro ser: se expresa en el cuerpo, el psiquismo, el espíritu.

Las conductas relacionadas al proceso de perdón han sido desde hace siglos motivo de reflexión y análisis de muchas religiones, ideologías y enfoques filosóficos. Es en las tres últimas décadas que se ha desarrollado su estudio científico a nivel mundial. Como resultado, hoy es posible saber a ciencia cierta que perdonar concede a las víctimas de una ofensa una mejora en la salud física y mental, una sensación de esperanza por la resolución de un conflicto; y que no perdonar puede comprometer el sistema inmune.

Cuando nos hacen daño nos sentimos heridos, sufrimos. Cómo reaccionemos ante esas heridas depende de nosotros. La reacción inmediata y lógica es ir contra quien nos lo hizo. Los estudios han sugerido que el perdón es una forma más efectiva de responder, reduciendo el estrés y fomentando la felicidad.

Perdonar es una actitud frente a la ofensa y al ofensor, es una respuesta que elegimos voluntariamente tener, desde nuestra libertad y responsabilidad, ante los agravios, la injusticia, el avasallamiento y frente a los que los han provocado.

Perdonar es un proceso. El resultado de ese proceso es un cambio en las emociones y actitudes hacia un ofensor, cambio que se describe como una disminución en la motivación para tomar represalias, una merma del deseo o urgencia de buscar venganza o compensación. Es un acto de valentía por el que dejamos a un lado ese rencor que carcome y del que somos cautivos, para aceptar lo sucedido y permitirnos avanzar. Requiere “dejar ir” las emociones negativas que se experimenten hacia el ofensor para dar paso a una reestructuración del “yo”, a reparar daños y hallar poco a poco y día a día la paz interior.

Perdonar no debe ser confundido con excusar, condonar, indultar ni olvidar. Perdonar no implica admitir que lo que nos hicieron estuvo bien. Perdonamos a pesar de no estar de acuerdo con lo sucedido.

Tampoco requiere necesariamente que se restablezca una relación, o que derive en una reconciliación, ya que no siempre es posible. Retomar la relación puede ser logrado en menor tiempo por ejemplo cuando se trata de conflictos menores o con personas cercanas. En algunos casos el proceso de perdonar puede progresar hacia el deseo de acercamiento, disminución en el distanciamiento o evasión de la otra persona. El cambio en los sentimientos negativos hacia la otra persona entonces contribuirá a avanzar hacia la compasión y entendimiento del sufrimiento, dolor, ignorancia o confusión que lo haya llevado a herirnos.

Perdonar no es olvidar ni dejar de sentir el dolor que se nos ha causado, tampoco es disimular, como si nada hubiese pasado, pero sí conlleva el dejar de sentir rencor y el aprender a vivir sin tener en cuenta permanentemente el daño.

Solemos pensar que el perdón es un acto de bien dirigido hacia el ofensor, pero es más que ello, supone un favor autodirigido: es un bien que nos otorgamos a nosotros mismos. Perdonar no nos hace mejores a otros pues no a de depender del pedido de perdón, sino de una propia decisión voluntaria y libre de “dejar ir” todo intento de represalias hacia él. “Cuando se pide se otorga, cuando no se pide se regala” dice Ángel Conesa Ferrer (2017), acercando la idea del perdón a la de regalo y de misericordia.

Guardar rencor, culpabilizar, aferrarse y detenerse demasiado en las heridas nos quita energía y tiempo para desarrollar el potencial y la capacidad para construir un presente mucho más satisfactorio, socava nuestra felicidad y tiene un efecto considerablemente negativo en nuestro bienestar físico y psicológico. Dejar el rencor, perdonar, está asociado con menores niveles de estrés, ansiedad, depresión, hostilidad y reactividad cardiovascular (presión arterial y ritmo cardiaco).

Perdonar no es un acto único que se hace en un solo momento. Es un proceso continuo que se puede ir profundizando y completando a lo largo del tiempo, no es rápido, no es sentimental, y puede ser difícil, tanto cuando se trata de perdonar a otros como a nosotros mismos. Tras la ofensa y las heridas se requiere tiempo para recuperarse. Supone un auténtico despliegue psíquico y espiritual, un contacto con la realidad más profunda del ser. Si se logra perdonar redundará en la reparación de las relaciones interpersonales. Perdonar nos libera y nos permite amar.

El pasado, cuando no hay perdón, se torna reproche, resentimiento, acusación, odio, análisis de las causas para vengarse. Por ello el perdón también involucra el duelo por la pérdida de las cosas que no funcionaron como queríamos y de dejar de esperar un mejor pasado, porque lo que pasó ya está hecho y no se puede cambiar. La persona que día tras día permanece atrapada en el repetitivo recuerdo de la ofensa y del ofensor, lo que desarrolla además de infelicidad es un estrés crónico…y nadie merece vivir de este modo.

No todos son capaces de dar el paso para ofrecer el perdón. Un motivo de ello es la creencia de que perdonar es una forma de debilidad, lo cual es un error. Una de las mejores ideas que nos regala la psicología del perdón es que hacerlo, además de permitirnos avanzar con más libertad en nuestro presente, nos da la oportunidad de integrar en nuestro ser nuevas cualidades para enfrentar fuentes de estrés y ansiedad. Perdonar y reciclar resentimientos en libertad es un acto de valentía y fortaleza.

Pedir perdón también constituye un proceso que lleva tiempo. Implica haber analizado lo que ha pasado, las circunstancias, motivos y emociones que han concurrido en el daño que hemos hecho y de los efectos que ha causado. Tiene que haber un arrepentimiento que incluye dolor por el sufrimiento causado que no puede quedar solamente en palabras, sino que ha de implicar acciones que permitan que aquello no vuelva a ocurrir y que restituyan el mal realizado.

Cada persona guarda en su interior la capacidad potencial (aún intrigante para la ciencia) de perdonar. Es una posibilidad de salir de sí para ser menos autómatas y más libres, para descubrir o redescubrir la presencia ignorada de Dios (V. Frankl) en sí y en los demás.

Mirna Segovia.