Fin de año e inmediatez: ¿todo “ya”?

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Por Mirna Segovia.

Se acerca fin de año, y es posible que comencemos a vivir con un desenfrenado apuro que lleva al agobio y a la angustia. Apuro por concretar todo lo que no se ha podido durante el presente año o en años anteriores, o ante las restricciones por la pandemia.

Así podríamos estar apurados por miles de cosas: por bajar de peso, porque los niños demuestren sus logros escolares, porque los tratamientos médicos queden al día, por concretar paseos suspendidos, por asistir a lugares o fiestas y eventos…en fin, realizar todo ello en los dos meses que restan para terminar 2021.

Esta ambición quizás no resulte extraña, e incluso parezca una actitud lógica, entusiasta y optimista.

Pero ¿cuándo se nos vuelve en contra?

Se nos vuelve en contra cuando el apuro es un impulso caracterizado por deseo de concreción inmediata de aquello que pretendemos, llevándonos a un estado de sobreexigencia con nosotros mismos y con los demás que genera malestar constante (angustia, ansiedad, irritabilidad, mal humor).

La inmediatez es adecuada en la emergencia, cuando necesitamos intervenciones concretas y eficientes. Pero ¿diferenciamos lo que es una situación de emergencia de la que no lo es?. Este es un aspecto a analizar que solemos dejar de lado si nos lanzamos hacia adelante cediendo al deseo de que las cosas se hagan ya, enseguida, sin tardanza, como sea y a cualquier costo.

Desde el punto de vista psicológico, la gratificación instantánea es el deseo de experimentar placer o satisfacción sin demora ni aplazamiento.

La revolución digital a la vez que nos provee muchos beneficios también ha promovido la cultura de la inmediatez. En uno o en pocos clics de los dispositivos digitales podemos, tan pronto como lo deseamos, por ejemplo comunicarnos con personas de cualquier parte del mundo, encontrar respuestas a interrogantes, comprar, pagar cuentas, hacer trámites, obtener películas o series que nos gustan, etc.

Sin embargo la obtención instantánea de un objetivo elimina la oportunidad de reflexión,  de digerir la duda,  de sostener el tiempo de espera necesario para elegir con criterio; genera un sentimiento de rechazo o bajo reconocimiento hacia el esfuerzo y el trabajo dedicado y minucioso para obtener dicho resultado.

La consecuencia más frecuente del deseo de cumplir acciones u objetivos con inmediatez es la ansiedad, el desasosiego constante, un estado de alerta que se instala en nuestro organismo y psiquismo.

Pasar a un estado de calma requiere plantearnos si nuestros hábitos favorecen la ansiedad y al desarrollo de una angustia evitable.

En el camino a “sacar el pie del acelerador”, a distribuir asertivamente el tiempo e intentar bajar los niveles de presión propia y ajena será necesario:

  • Diferenciar lo que es prioritario de lo que no lo es, dentro del contexto particular en el que cada uno vive.
  • Advertir de que somos dueños del tiempo propio pero no del ajeno, por lo cual no podemos imponer nuestro propio ritmo al ritmo de los demás.
  • Reconocer que cada persona tiene un “ritmo individual y único” para pensar, para hacer, ¡y sobre todo para aprender!. Es un principio básico en educación; pretender construir aprendizajes ignorándolo es como construir una pirámide de naipes: podrá aparentar firmeza, pero al primer soplo se derrumba.
  • Entender nuestras capacidades y también nuestras limitaciones físicas, cognitivas, afectivas, espirituales, económicas. Se trata de desarrollar el autoconocimiento.

Salir de la innecesaria inmediatez implica también recurrir a una organización del tiempo incluyendo rutinas que contribuyan a disminuir los niveles de incertidumbre y ansiedad. Generalmente asociamos el término “rutinas” a una cuestión aburrida, monótona. Están mal vistas desde la perspectiva cultural actual que invita a “salir de la rutina” y al cambio constante. Sin embargo los seres humanos no podemos vivir en situación de cambios constantes, necesitamos “estabilidad” y las rutinas en las actividades diarias, siempre que sean dotadas de sentido y adaptadas a nuestras posibilidades, contribuyen a darnos estabilidad, sentimientos de calma, satisfacción e incluso una mansa alegría.

Detenernos a pensar qué utilidad le estamos dando al tiempo, cómo lo estamos gastando, cómo lo utilizamos en los vínculos, tiene que ver con atender a lo que en el diario existir posee significado para nosotros; en definitiva, es reflexionar sobre qué es lo verdaderamente importante y aporta sentido a nuestra vida para darle prioridad.

El tiempo no es solamente el que marca el cronómetro.

El tiempo es el compás de vida que definimos desde nuestra interioridad.

Por ello el tiempo NO es tirano.

Suele ser uno mismo

quien se vuelve déspota con el tiempo.

¿Dejarías de pelearte con el tiempo,

te reconciliarías con él?

Comienza…y luego me cuentas.

Mirna Segovia