2 de Noviembre, día de los muertos. Duelo y ritual.

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“Morir significa, simplemente,

mudarse a una casa más bella…”

Elisabeth Kübler Ross


“Hoy es el día de todos los muertos, tenernos que ir al cementerio”, se nos decía cada 2 de noviembre desde la niñez. Y aún sigue sucediendo. Sin entender demasiado de los fundamentos religiosos, ese día vivíamos una experiencia de tradicionales rituales que comenzaban días previos.

Llegado el 2 de noviembre, en las casas del pueblo se debía contar con elementos para llevar al cementerio al ir a “visitar” a los muertos: velas, flores naturales o artificiales, un balde, trapos viejos, algún cepillo o escobita pequeña con los que se limpiaría y luego adornaría el panteón. Las flores naturales podían obtenerse del propio jardín, comprarse o las recibías de regalo de algún vecino. Si algo no habías podido conseguir, no faltaba alguien de los concurrentes al cementerio que, mirando de reojo, se diera cuenta y te lo ofreciera desinteresadamente…al fin y al cabo había que contribuir a que todos pudieran cumplir con el ritual.

Se concurría acompañado por familiares (incluso los niños), vecinos, amigos o confidentes.

Allí, en el cementerio, frente al panteón de los queridos difuntos, luego de santiguarse y rezar una breve oración, comenzaba la labor de limpieza y arreglo del lugar, que finalizaba al encenderse una o varias velas para iluminar el alma del muerto. Durante estos menesteres, se podían continuar las oraciones y cánticos que se iban intercalando con saludos y breves conversaciones con otros “visitantes” al cementerio. La asidua concurrencia al lugar de los pobladores permitía dar las condolencias a los vecinos que habían padecido la muerte de un familiar con anterioridad.

Si bien entre los vecinos existían diferencias en las creencias o fe que se profesaba (católicos, cristianos no católicos, otros cultos y cosmovisiones), una convicción unía a todos: la de que existe un alma o espíritu cuya vida perdura más allá de la muerte física de la persona, almas que siguen vinculadas de algún modo con quienes estaban vivos y que han de ser especialmente honradas ese día.

Ustedes, estimados lectores, podrán recordar muchos comportamientos similares que conformaban el ritual de ese día. Hay una riqueza inagotable en cada acto, en cada gesto involucrado. No pretendo aquí detallarlos pero sí señalar la existencia universal de ritos funerarios con particularidades propias de cada cultura y caracterizados en ciertos casos por el secretismo cultural, como sucede en América latina. Sí me interesa hacer referencia al ritual de “ir al cementerio a visitar al familiar fallecido” como una ocasión que posibilita mitigar el dolor en procesos de duelo.

Duelo significa “dolor” y transitar la pérdida por el fallecimiento de un ser querido se vive de forma única y diferente. Debemos aprender a vivir sin él. Adaptarse a la nueva realidad, a su ausencia, exige reacomodar emociones, relaciones e incluso el espacio físico en el hogar. Es un proceso que lleva tiempo y suele ser más dificultoso dependiendo de las causas de muerte y del tipo de vínculo que se haya tenido con la persona fallecida. Las muertes por causas inesperadas o repentinas (por ejemplo los accidentes, suicidio, homicidio) son mucho más difíciles de afrontar.

El dolor, la tristeza, la angustia tienen una intensidad alta y profunda al inicio del proceso, con períodos de calma que “van y vienen”. Poco a poco la intensidad y frecuencia del dolor disminuye y aumentan los períodos de tranquilidad. Cada tiempo de calma da la posibilidad de pensar o realizar actividades con más atención.

No me gusta decir que la muerte de un ser querido finalmente se “supera”, pues la palabra “superar” remite a pensar que se está por encima de algo. Acaso ¿podemos estar por encima del dolor que nos provoca?. La muerte es “parte” de la vida. Lo que sí podemos es recuperarnos del estado de padecimiento inicial que provoca la muerte e ir aprendiendo a vivir sin la presencia física de la persona fallecida. No es fácil, se necesita esfuerzo y tiempo, implica una actitud de transformación del ambiente, de las relaciones sociales y las vivencias personales. Por ello la muerte, a pesar del dolor que provoca, es una oportunidad para el desarrollo personal

En este contexto todo rito funerario tiene un sentido. Ir al cementerio a “visitar” al difunto contribuye a regular la tensión emocional, a elaborar la pérdida. Hace posible expresar deseos, emociones, sentimientos, no solo con la palabra, sino también con el cuerpo. Así el llanto, las oraciones, cantos, rezos y el conjunto de elementos dotados de sentido que llevamos a la “visita” son medios que (aunque parezca contradictorio) nos permiten “estar unidos a la persona fallecida mientras lo vamos soltando”. Placas, notitas, banderines, rosarios, camisetas de fútbol, calzados, botellas, cigarrillos, prendas de vestir, juguetes, peluches… innumerables son los objetos con los que le expresamos el valor que han tenido para nosotros sus gustos, sus gestos, sus costumbres; simbolizan incluso su legado para nuestras vidas.

Estar de este modo ante el sepulcro es “soltar” las congojas, es examinar deseos y sueños que son dichos (cantados, pensados o escritos) al alma del difunto con la convicción de que van a ser por él escuchados, y con la esperanza de recibir su “ayuda”. Son actos que nos alivian y reconfortan. Vivirlos con convicción profunda, con presencia de un sostén social (familia, amigos, confidentes, comunidad), nos fortalece. De nada sirve practicarlos por obligación, para “cumplir” o para aparentar.

¿Y los que no quieren ir al cementerio pues no ven en ello sentido alguno?. Pues bien, nada hay que los obligue. Cada uno puede encontrar formas propias de expresión del dolor, diferentes a las que tienen los demás.

Lo que hemos de entender (y sobre todo para ayudar en este proceso a los niños) es que el recuerdo de tu ser querido fallecido estará siempre contigo. Evocarlo será un modo de hacerlo presente en tu mente, en tus emociones.

Por tu ser querido fallecido y por vos mismo es valioso reconocer que no era la tristeza el legado que deseaba para su familia, por el contrario era la búsqueda de la felicidad, el crecimiento, el amor y muchas cualidades especificas que te enseñó. Poner en práctica lo que te dejó en enseñanzas, en valores y buenos deseos para ti será “convertir en vida” lo que con su muerte considerabas “perdido”. Tu relación con el fallecido no desaparece, sino que cambia de estado: ya no es física, es esencial y trascendente.

Elisabeth Kübler-Ross fue una reconocida psiquiatra y escritora pionera en los estudios sobre la muerte cercana. Por años se dedicó a trabajar con cientos de personas moribundas de distintas edades y culturas y a enseñar cuidados paliativos. Desde sus investigaciones aportó evidencia científica de que la muerte es un pasaje hacia otra forma de vida. Dice: “La experiencia de la muerte es casi idéntica a la del nacimiento. Es un nacimiento a otra existencia…”. Comparaba la muerte del hombre al abandono que hacía la mariposa del capullo, afirmando que como la larva abandona su capullo de seda, así el alma del hombre abandona su cuerpo en el momento de la muerte física. El cuerpo humano es transitorio, explicaba. “ Morir significa, simplemente, mudarse a una casa más bella… según las personas se tratará de cosas diferentes, pero hay algo que cada uno debe aprender antes de poder volver al lugar de donde vino, y es el amor incondicional. Cuando lo aprendáis y lo practiquéis, habréis aprobado el más importante de los exámenes”.

A mí no me cabe duda de ello.

Mirna Segovia

22-10-2021