El clima y los estados de ánimo.

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Por Mirna Segovia.

El viento, la lluvia, los truenos, el calor, las tormentas, la humedad, las estaciones… nos remiten a pensar la meteorología y también los estados de ánimo, o mejor dicho al clima en relación a los estados de ánimo.

¿Cómo afecta “el estado del tiempo” a las personas?, ¿Qué importancia tiene en nuestro bienestar cotidiano?, ¿es puro “parecer” su influencia?.

Si su impacto en las emociones fuese solo un “parecer”, las expresiones cotidianas no estarían tan llenas de esos dichos que lo describen. Sin embargo ahí están, el refranero popular guarda ricas referencias al clima y su relación con los estados de ánimo y con total naturalidad nos apropiamos de ellas. Las comparaciones y rimas han servido para expresar ciertas regularidades sobre cómo nos impacta el clima.

Viento norte: viento de los locos”, acostumbramos a decir en el litoral argentino, caracterizado por veranos ardientes y húmedos. Es que los días de viento norte el viento nos “pega” caluroso, aflorando en nuestro ser sensaciones de agobio, desgano, pesadez física, abatimiento. La persona, parece cambiar de personalidad los días de viento norte, parece “otra”, se vuelve más irritable, y cualquier estímulo puede sacarla “fuera de sí”; de allí que el dicho le asigne el carácter de “loca”.

Sin embargo no hay nada de locura en este tipo de reacciones ante modificaciones climáticas. Por naturaleza buscamos el confort climático. Las temperaturas extremas y los cambios bruscos del clima requieren un “esfuerzo” de nuestro organismo para adaptarse… y como somos seres integrales, ese esfuerzo se hace notar también en nuestro psiquismo, en el estado emocional e incluso puede llegar a estresarnos.

Mucha humedad acompañada de temperaturas elevadas produce cansancio, abatimiento, dificulta la concentración.

Ante una tormenta o granizo solemos sentirnos atemorizados e inseguros, en situación de peligro. Los rayos y truenos producen sobresaltos, inquietud, aturdimiento, molestia. En este sentido se sabe que los estímulos auditivos que superen los 70 decibelios, los que aparecen de imprevisto y con un sonido irregular serán interpretados por el cerebro como una amenaza. Existen muchas frases que hacen analogías sobre esas experiencias y suelen ser usadas como metáforas: “puro grito como tormenta de verano”, “¡se vino el cielo abajo!”, “¡que te parta un rayo!”.

Contrariamente, el sonido del agua moviéndose de manera calma y rítmica ofrecen al cerebro una sensación de “no amenaza” que redunda en sentimiento de serenidad. Sucede así por ejemplo con el sonido de las olas en un cause apacible o el de una llovizna o lluvia suave.

Se ha descubierto que la exposición a la luz solar con temperaturas templadas, cálidas, mejora la emoción y la cognición, baja los niveles de ansiedad y aumenta el pensamiento positivo.

La ciencia también ha determinado cómo a algunas personas las afecta emocionalmente el transcurrir de las estaciones del año que tienen menos horas de sol, provocándoles episodios de depresión o bipolares. Un patrón estacional que coincide generalmente con el fin de otoño y principios de invierno. Es un cuadro psicopatológico denominado trastorno afectivo estacional, cuyo diagnóstico debe ser determinado por un profesional idóneo. El efecto de las “terapias de luz” (fototerapia, con luz artificial) para esos casos está comprobado, resultando (sola o en combinación con otras terapias) en cambios beneficiosos para los pacientes.

No es objetivo de este artículo dar precisiones sobre los cuadros psicopatológicos causados por los factores estacionales, pero sí señalar que no podemos percibirnos “desafectados” ante los estímulos y cambios climáticos.

Entendernos “abrazados” y “tocados” por la dinámica cambiante de la naturaleza quizás nos de la tranquilidad de saber que no es locura lo que nos sucede ante el viento norte u otra modificación del clima, sino una esperable reacción que tenemos como seres integrados a un entorno ecológico y social. Aún más, nos permitiría darnos cuenta de cómo aprovecharla a favor de nuestra salud integral.

No nos privemos por ejemplo de disfrutar el cálido sol que nos aporta vitamina D y provoca modificaciones en nuestro sistema endocrino mejorando buen humor, bienestar y motivación para realizar actividades físicas.

Démonos espacio y tiempo para atender los armoniosos sonidos de la naturaleza que nos generan calma.

Pongamos en práctica el venturoso ejercicio del autoconocimiento para saber cómo los cambios climáticos nos afectan y podamos entonces prepararnos para afrontarlos del mejor modo posible.

Mucho ha creado el hombre en sistemas tecnológicos que posibilitan “aclimatarnos” y darnos confort ante los avatares climáticos, sin embargo la posibilidad de acceder a ellos no está al alcance de todos.

Quizás no consigamos evitar el malestar que algunos estados climáticos nos provocan pero sí podemos minimizar su impacto con acciones sencillas: adaptar nuestra alimentación y la ingesta de líquidos, regular el esfuerzo físico, adecuar el tiempo de descanso y las actividades de recreación; estar más atentos a nuestras susceptibilidades al momento de afrontar las relaciones sociales (prestar más atención a nuestros pensamientos, a nuestras reacciones) para así afrontar y disfrutar de lo que nos es posible a cada momento.

Y si no podemos poner “al mal tiempo buena cara”… y si los problemas son tantos que “sobre llovido mojado”… o si tenemos que sobrellevar instantes de nuestro día entre “piedras que caen sin llover”…, conozcámonos un poquito más cada día de modo que logremos “abrir el paraguas antes que llueva”, comprendiendo que reaccionar ante el cambio de clima no es locura y que en todo caso “siempre que llovió, paró”.

Mirna Segovia,

La ilustración es una pintura de Mariano Bustos.