SENTARNOS EN LA VEREDA, ESA VIEJA COSTUMBRE.

Por Mirna Segovia.

Cuando el clima lo permite, en días primaverales y de los veranos ardientes de nuestra ciudad, los santaelenenses ponemos en práctica una costumbre ancestral: salimos de nuestras casas para sentarnos en la vereda.

¿Por qué he de referirme hoy a este hábito? ¿Qué tiene de relevancia en el momento actual?

Esta costumbre tan nuestra, tan cotidiana y que hacemos de manera tan natural, puede parecer que no requeriría demasiada atención. Sin embargo su importancia para la vida psíquico-social no debería pasar desapercibida.

Es que no se trata de un hábito más, ni es privativo de los santaelenenses. Es un ritual, una arraigada práctica familiar y vecinal que heredamos los argentinos de la época colonial; una antiquísima costumbre tradicional. Se da a lo largo y a lo ancho de nuestro país, en aquellas casas, calles, barrios que por la disposición de sus casas, cuadras, manzanas y distribución poblacional así lo posibilita. Comprende un conjunto de comportamientos con sentido, hecho en un tiempo y de un modo particular.

Estar sentados en la vereda no solo alivia del agobiante calor, sino que CREA, RE-CREA y REFUERZA LOS LAZOS SOCIALES.

Nos saca de nuestra casa para ponernos en contacto cara a cara con los miembros de nuestra propia familia y con los vecinos…vecinos de la casa de al lado, u otros que pasan por el lugar.

Para aquellos que viven solos, es el momento en el que pueden encontrar alguien con quien socializar.

Marca el ritmo de las actividades cotidianas. Al llegar “la hora de sentarse a la vereda” se deja de hacer todo lo demás “adentro” para salir “afuera”. O se llevan para “hacer afuera” las actividades que debíamos hacer adentro, siempre y cuando el tipo de tarea lo permita: tejer, coser, escuchar radio o música; incluso sacamos alguna mesita para que los niños hagan la tarea, se pueda bordar el traje de la comparsa, merendar, cenar, etc.

El ritual de sentarse en la vereda se integra con otro presente en nuestra comunidad: la costumbre de los niños de jugar en veredas y calles. Permite a los familiares de los niños cuidar desde allí a los propios hijos y también ser custodios de los del vecindario. La vereda es el “mirador” desde donde vivenciamos lo que acontece en la cuadra.

Al sentarte en la vereda “te ves” con el vecino, “charlás” con él; y si se hace de manera respetuosa y amable da la oportunidad de sostenerse en vínculos de aprecio y cuidado. El tiempo acontece manso entre comentarios acerca de cómo está el clima , o de cuestiones tan triviales como por qué estará tan seco el pasto, hasta otras más relevantes que tienen que ver con la economía familiar (dónde conseguir precios más baratos), la gastronomía (compartir recetas), la salud propia o ajena, la política, religión, necrológicas, etc.

El humor encuentra en el diálogo un lugar en el cual manifestarse, con más o menos picardía. Tampoco están exentos de rencillas o enojos: peleas por el espacio, por el ruido o derivadas de las diferencias de opiniones. Es entonces que nos obliga a ejercitar las cualidades necesarias para la buena convivencia, con mejor o peor resultado.

Sentados en la vereda cada gesto de un vecino con otro tiene un significado. Solo para dar un par de ejemplos: el que pasa por la vereda y se detiene a charlar no sentirá lo mismo si a un par de minutos de su llegada los que están sentados le desocupan y arriman una silla, que si comienzan a pararse e irse de a poco para adentro de la casa; el primero es un claro gesto de invitación a quedarse, mientras el segundo a irse. Tampoco es lo mismo que los que están sentados en la vereda vecina pongan las sillas de espalda a la tuya y no te miren (un gesto de no querer interactuar), a que abran la ronda de sillas y te dirijan miradas de esas que buscan encontrarse con la tuya.

Hemos de recordar que al inicio de la pandemia, durante el período de confinamiento estricto, sentarse en la vereda fue considerada como una acción de los vecinos que tenía que impedirse en el marco de las restricciones establecidas por el gobierno. Evidentemente para quienes dictaron las medidas de restricción había de ser considerada “peligrosa” por favorecer la propagación del coronavirus. Muchos de nosotros hemos visto por los medios de comunicación, o en nuestros vecindarios, o porque alguien nos lo contó, cómo a quienes salían a sentarse a la vereda, ya sea solos o con su grupo familiar conviviente, la policía los mandaba meterse dentro de las casas.

Considero que con esa medida quedó fuera de consideración, o ignorada o desestimada su contribución al bienestar emocional de las personas, a la cohesión, sostén y fortalecimiento de los lazos familiares, vecinales y comunitarios.

Actualmente el confinamiento estricto ha terminado, pero nadie sabe a ciencia cierta cómo evolucionará la propagación del coronavirus o de algunas de sus variantes.

Pasado un año y medio del inicio de la pandemia ¿podríamos detenernos unos instantes a evaluar cuál es el verdadero impacto de esta costumbre en nuestra salud integral? ¿Y cuál ha sido su influencia (si la ha tenido) en la propagación del coronavirus? O en todo caso, si la tuviere: ¿de qué modo sería posible sostener esta tradición sin que ponga en riesgo nuestra salud?

Sentarse en la vereda es una costumbre que ha resistido el embate de otras prácticas que mantienen a las personas “puertas adentro” de sus hogares, como lo son el entretenimiento por medio de la Tv y las tecnologías, el bienestar proporcionado por los aires acondicionados, el miedo a los hechos de inseguridad… Estoy segura que resistirá a los embates de la pandemia de coronavirus.

Cuando el frío invierno se disipe y las tardes traigan, con su calidez primaveral, el jolgorio canto de los pájaros y los primeros brotes de los árboles ¿podremos volver a decir, sin miedo, “vamos a sentarnos en la vereda”?

Mirna Segovia

Septiembre de 2021.